Opinión

Descubrí que existe la resiliencia mecánica

Descubrí que existe la resiliencia mecánica
Los materiales se modifican bajo la presión o la exigencia pueden resistir por cierto tiempo esa fuerza y luego la usan para reconstruirse, apunta María Inés Corva.

(Expansión) – Una de las cosas que amo de mi trabajo es que nunca dejo de aprender. Me permite hablar cada día con personas diferentes, que trabajan en diferentes organizaciones, que funcionan en mercados nacionales e internacionales, de orígenes diversos, con culturas particulares y con amplios conocimientos de muchas fuentes. Cada conversación me trae nuevos descubrimientos.

Hoy, en una de mis sesiones, descubrí por primera vez en mi vida, que existe algo llamado resiliencia mecánica. Parece ser que los materiales se modifican bajo la presión o la exigencia pueden resistir por cierto tiempo esa fuerza y luego la usan para reconstruirse y volver al estado anterior, o a veces a un estado aún más fuerte.

Quedé fascinada con el concepto. Había oído hablar muchas veces de la resiliencia en las personas, en las relaciones, en la capacidad que tenemos de volver a comenzar. Pero nunca antes lo había relacionado con la naturaleza, con los materiales que usamos todos los días. Al parecer, la resiliencia es parte de la vida. Una parte muy necesaria.

El proceso de coaching con Juan fue intenso, difícil. El inicio fue lento. Las primeras conversaciones parecían no ir a ninguna parte. Juan estaba resistente a abrirse, y mi función en ese momento era esperar pacientemente a su lado, sin dejar de escuchar, de preguntar, de estar ahí para él. Estaba frente a un material que oponía resistencia a modificarse.

No es la primera vez, claro que no. Me he encontrado con muchos casos así, donde los cambios tardan en llegar, donde la resistencia es visible, donde las conversaciones dan vueltas alrededor de los mismos temas y acaban por lo general en un callejón sin salida. No es que me sorprendiera. Pero siempre cada proceso es único e irrepetible. Y esta vez, como en todas las demás, yo quería acompañar a Juan a lograr su mejor versión. Esa es mi misión en este juego. Y no pensaba darme por vencida.

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Juan había tenido que recorrer un camino sinuoso. Le había tocado moverse de país más de una vez. A veces solo, a veces con su amada familia que lo acompañaba a pesar de todo lo que ello implicaba. Y él lo contaba como algo normal, natural, como parte de los requerimientos de su trabajo.

Siempre de buen humor, siempre paciente, siempre agradecido, siempre afirmando que lo mejor estaba por venir. Pero su material estaba siendo sometido a mucha presión. La exigencia no cesaba. Los engranajes tenían que seguir funcionando y dar buenos resultados a pesar de todo. Eso me preocupaba. Pero no podía hablar de eso en ese punto. Porque para Juan, aparentemente, todo estaba bien. Al menos eso decía.

Poco a poco, las puertas se fueron abriendo. Recorrimos juntos muchos caminos. Algunos más oscuros que otros. Mis preguntas iban y venían, bailábamos una danza donde de repente podía acercarme, y a veces tenía que tomar distancia. Cada avance, cada centímetro, valía la pena. Podía ver a Juan cada vez menos gris, más conectado con sus equipos de trabajo, más consciente de sus posibilidades y lo mejor de todo, con ganas de ir por más.

Llegó la pandemia y con ella la cuarentena. Ya no pude sentarme con Juan en esa sala que tanto me gusta y que tanto extraño. Las sesiones se volvieron virtuales, pude conocer su entorno más cercano y hasta a sus perros, que siempre se sientan junto a él mientras trabaja. Y con el tiempo, las conversaciones se volvieron cada vez mejores.

Atrás quedaron los días de andarme con tiento en mis preguntas. Pudimos hablar de vulnerabilidad, de miedo, de su historia, de su gran corazón, y de su capacidad de recuperarse de las caídas. Y así fue como Juan reconoció finalmente que sí, si es resiliente. Y no lo sabía.

Su desempeño mejoró, su líder está feliz con su trabajo, y él está de verdad contento con sus avances. Ya no necesita aparentar que todo está bien. Todo está bien.

En la última sesión me dijo: “Lo que gané rompiéndome fue mucho más que lo que conseguía haciéndome fuerte”. Por fin descubrió el poder de la vulnerabilidad por encima del miedo a romperse. Yo fui testigo privilegiado de esa transformación. Y por eso estoy profundamente agradecida.

Nota del editor: María Inés Corva es Coach Ejecutivo Estratégico Internacional, Conferencista y Consultora en Desarrollo Humano. Coaching Head y Fundadora de People Awareness en la Ciudad de México. Escríbele a [email protected] . Las opiones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

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