Cultura

Soy mi propio bestbuyer | Toscanadas

Soy mi propio bestbuyer | Toscanadas

Sin duda el autor del que más libros he comprado es David Toscana. Con frecuencia necesito mis libros para obsequiarlos como cortesía o como tarjeta de presentación o por interés, si quien lo recibe es un crítico o un editor.

En una larga escala que hice en Buenos Aires, visité la librería del Ateneo, y hallé ocho ejemplares de El ejército iluminado. Me hice de cuatro, pues además era la única prueba de que el libro se había publicado en Argentina. Otrora, a los autores nos enviaban diez ejemplares, pero esa es una gentileza que no todos tienen. Hace un año una editorial de Kuwait me publicó El último lector, y hace poco El ejército iluminado, de lo que jamás he tenido prueba en las manos. En España, Alfaguara publicó Evangelia, pero tuve que ir a una librería en Sevilla para comprar el ejemplar de mi egoteca. Y por el estilo tengo otras publicaciones que nunca he visto.

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Esta semana estuve en Montevideo, donde las ediciones de la Banda Oriental habían publicado mi Lontananza, y, ellos sí, me regalaron once ejemplares, con lo que evité la mezcla de vergüenza y osadía que me invade cada vez que me planto a comprar un libro mío.

Un amigo escritor me contó que su editorial le llamó un mal día. “Estamos por destruir 800 de sus libros que tenemos en almacén, pero si gusta le vendemos cada uno a 50 pesos”. Mi amigo, angustiado, dijo: “Si los van a destruir, ¿por qué no mejor me los regalan?” Pero la editorial fue implacable. O se pagan o se destruyen. Y por tratarse de un remate, aunque los comprara, no iba a recibir regalías.

Los principales destructores de libros hoy día no son los regímenes totalitarios ni las iglesias retrógradas, sino las propias editoriales. A los libros no los matan los dictadores, sino el mercado. O quizá deba decir que el mercado es la dictadura contemporánea.

Hoy necesitaba otro de mis títulos, así es que me metí a la página de Iberlibro, también conocida como Abebooks. Encontré 283, quince de ellos a menos de tres euros, cosa que me pareció bien; mi sorpresa fue hallar que la primera edición de Estación Tula llegaba a cotizarse en 1500 dólares. A un precio justo se le puede anexar el adjetivo como prefijo y tenemos justipreciar. Mas el precio de esta novela sería tanto como abusipreciar si acaso alguien estuviese obligado a pagarlo. Y sin embargo, abuso no hay, puesto que nadie jamás la comprará por ese monto.

Pero yo quería un Olegaroy, y con urgencia, así es que tuve que ir a la Librería Central de Callao y comprarlo por 17.90 euros, sin posibilidades de recuperar el diez por ciento que me toca como autor, porque las regalías son siempre cosa perdidiza.

Así las cosas, nunca he sido un bestseller, pero sí mi propio bestbuyer.

ÁSS