Cultura

Sor Juana Inés de la Cruz: mujer y libros

Sor Juana Inés de la Cruz: mujer y libros

Un viajante, callado y chirriante, se sumó a la aventura europea a las tierras americanas. Nueva España sería inexplicable sin el libro. El chisme, el entretenimiento, el pensamiento y la poesía poco a poco fueron poblando las casas de los "llegados" y, con el tiempo, de los "nativos".

Los evangelistas trajeron sus propias bibliotecas de San Agustín, de Aquino y los misales. Al tiempo que el Atlántico se convertía en ruta comercial de minería, ganadería y alimentos, los libros fueron ganando sus espacios en la Nueva Tierra, que comunicaría, después, con Oriente, el Japón, la China y las Filipinas. Nacieron las bibliotecas, las librerías, las imprentas.

Fascinante proceso histórico. Lo universal se volvió, en efecto, Universal. Aparecieron los grandes actores de este mestizaje: los lectores. Los navíos trajeron y llevaron baúles repletos de obras en castellano, en latín, en griego; pero también en inglés, en francés y en italiano. Llegaron, impresos, los nombres de los actores secundarios: poetas, filósofos, novelistas, cuentistas.

El libro se convirtió en objeto de deseo. No sólo por el contenido, también por sus formas: el lomo, las páginas, las tipografías. Esa fue una verdadera reinvención de América, y también de Europa, no sólo de España, lo que para entonces quisiera decir España.

Ese intercambio maravilloso de culturas, de letras, produjo los primeros escritores, narradores y poetas novohispanos, que miraban otros cielos, otros colores y otros paisajes asombrosos para los "lejanos". El Viejo Mundo se enteraría por la crónica, por la canta popular y por la narrativa ordenada de lo que sucedía allende la mar.

La máxima expresión, la más depurada y más alta de esas generaciones del "comienzo" mexicano fue la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. Sostiene José Emilio Pacheco que Juana aprendió de las grandes plumas de los siglos XVI y XVII. Es decir, Garcilaso, Lope, Tirso y Calderón. ¿Qué sucedió? Responde Pacheco: "Los resumió a todos y en sincretismo paralelos extrajo su propia originalidad". Hay un esfuerzo más en Juana, según Paz: "Tuvo que hacerse monja para pensar, neutralizó su sexo para acceder al conocimiento".

No acaba allí el asombroso caso de la gran poeta, cuyos versos no pierden tiempo, ni el tiempo. La visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes, tuvo la fortuna —como bien explica Javier Garciadiego— de publicarse en España. El Anáhuac regresando, sigiloso y estridente, a la vieja metrópoli, ya en el comienzo del siglo XX. La recepción fue festejada por la elite literaria madrileña.

El libro va y viene, es una contenida ola de mar. Sor Juana, la mujer de libros, hizo, también, la ruta trasatlántica. Fue leída en España. El machismo le impidió el paso como grande que era. La última barroca, como la llama Paz, dejó -quizá- testimonio de la modernidad mexicana.

Lo que es irrefutable es que su poética perdurará por su solidez, por su franqueza y por su contundencia. Los actuales billetes de 200 pesos han arrebatado protagonismo a Juana para dar paso a otra forma de machismo: la repetición de los héroes de independencia. Pero Juana se impone en la arena en la cual habita la grandeza de un autor: sus lectores. Mujer y libros, así se comenzó a llamar México, indudablemente.

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento

y no mi entendimiento en las bellezas?


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