Cultura

George Steiner, el otro

George Steiner, el otro

En 1964, George Steiner publicó su primer libro de ficción, Anno Domini, tres relatos enmarcados en el ánimo y el espíritu de la posguerra, ese ambiente enrarecido que iba a ser el común denominador de su breve narrativa: Pruebas y Tres parábolas (1992); El traslado de A. H. a San Cristóbal (1994), una curiosa novela sobre el descubrimiento de que Hitler se refugió en una selva brasileña; la antología personal En lo profundo del mar (1996).

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Anno Domini tardó más de 30 años en traducirse al español. Editorial Andrés Bello lo publicó en 1997 con versión de Carlos Gardini, y aunque las ficciones de Steiner ya no despertaban gran curiosidad en sus lectores siempre atentos, inexorablemente adictos a sus ensayos y textos críticos (Pruebas y Tres parábolas, editada por Destino, había circulado con anterioridad), lo cierto es que esos primeros cuentos no dejaron de asombrarnos por la elegancia de su prosa, por la exploración emocional y la sabiduría existencial y, sobre todo, por los sutiles guiños con otras voces y otros ámbitos que podían hallarse o inventarse (el lector jamás deja de tejer hilos conductores entre autores y tramas, personajes y situaciones), en las tres historias de vidas y mundos desgarrados.

Steiner murió el 3 de febrero a los 90 años. Volvamos, entonces, a El año del Señor. “No regreses más”, el primer cuento, es un drama faulkneriano en el que un ex capitán de la S. S. retorna al pueblo normando que ocupó con sus tropas, decidido a casarse con una niña de la que se enamoró en los días de guerra. Falk, al igual que el obstinado Mink de La mansión de William Faulkner (un granjero que, luego de purgar una larga condena por asesinato, vuelve al villorrio sólo para que lo maten), sabe que hasta los perros del pueblucho lo odian a muerte, y que el perdón es un precepto que no existe, mas una voz interna le dice que su deber es enfrentar el porvenir que el tiempo o dios o el diablo le tienen preparado.

Ese ex oficial de la Gestapo es el despojo de un hombre sin remordimientos: Falk sólo lamenta que la gente no pueda olvidar (el olvido es una forma de perdón); es un ser frío e insensible. Su alergia al sufrimiento es tan esperpéntica que, incluso, en la escena final, cuando muere a pisotones por la turba enloquecida, jamás mostrará su dolor.

“Torta”, el segundo relato, se adentra con mayor intensidad en la incapacidad de asombro y de remordimiento, y en la obsesión por mantener vivos a los muertos.

“Torta” es la historia de David, un estadunidense que, sin querer, se convierte en activista perseguido por los nazis. Propenso al masoquismo pero cobarde sin remedio, en la fuga se esconde en un manicomio, socorrido por un psiquiatra de la Resistencia. Ahí, David conoce a una judía llamada Rahel, una memoriosa compulsiva que, segura de que tarde o temprano terminará en un campo de concentración, le cuenta toda su vida, obligándolo a convertirse en su archivo mental, en su museo de nombres, familias, sentimientos y lugares.

Finalmente, “El indulgente Marte” es la tormentosa evocación de un ex soldado que descubre su orientación homosexual bajo el parapeto de la normalidad violenta y sanguinaria. Gerald Maune, capitán inglés de estrecho parecido psíquico con Balthazar de Lawrence Durrell, bregará por un mar de caricias masculinas que en el autoengaño, él interpreta como ascetismo, como una rara forma de castidad e, incluso, como delirio místico, pues en el reverso de ese goce vibran la inclemencia, la crueldad y el homicidio.

Como debut narrativo, El año del señor reveló las múltiples alegorías que George Steiner indagó en sus ensayos y meditaciones; una tarea que, a fuerza comparar a la realidad con el espejo de la literatura, le inspiró la creencia de que “es posible que la imagen de Dios habite en nosotros, pero su morada es precaria” (“Torta”).

ÁSS